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Antra
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Boda Corso & Violeta (Antra)

Post by Antra » Sat Jan 18, 2020 4:11 am

El salón es espacioso y muy acogedor. A pesar del radiante sol del desierto en el día, se mantiene bastante fresco y aireado. Desde los jardines hasta el altar, una alfombra blanca marca el camino que los novios habrán de caminar para celebrar su tan esperada unión. Y hacia el otro lado, un gran espacio tan simple y bellamente decorado que dan ganas de sumergirse en esos rincones en que se han acomodado butacas, mullidos cojines, mesas dispuestas con ricos manjares y frescos jugos que ayudarán a los invitados a sentirse en casa mientras llega el atardecer, hora en que la ceremonia habrá de empezar.
- Pasad pasad!- Os dice el mayordomo del Visir - Los novios aún no llegan. Poneros cómodos, comed y bebed, que el calor del desierto es aún agobiante. - ¡Seáis todos bienvenidos a disfrutar de esta ceremonia en que Mi Señor, el Visir Corso y la Jeque Violeta se unirán en matrimonio, para luego brindar con ellos y compartir sus saludos y deseos al final!



CORSO

El Visir entreabrió los ojos molesto; el sol casi llegaba hasta su rostro dejando al fresco de la sombra el resto de su cuerpo gracias a la peculiar forma en que se había dormido. Movió la cabeza a ambos lados para espabilar, tal vez no había sido el sol o el abrasador calor del mediodía sino el leve ruido de la puerta al abrirse y la posterior presencia femenina en sus aposentos... el suave aroma a orquídeas la delataba; el Visir se había acostumbrado tanto a ese particular y exquisito olor tanto que ya lo detectaba desde lejos.

La Jeque se aproximó hacia él besándolo con ternura; nadie más que ella podría entender las noches de obligados desvelos a los que a veces debían someterse en nombre de su amor pues, durante el día, era casi imposible coincidir dadas las obligaciones diarias a los que ambos se hallaban sometidos y verse a esas horas era casi como encontrar un oasis en medio del Sahara, por lo que el noble casi salta de alegría al notar su llegada.

Su amor había nacido hace mucho tiempo ya... incontables eras, vidas, mundos, no lo sabían, sin embargo, lo sintieron desde el primer día que se conocieron, desde el momento único que cruzaron miradas por primera vez. Desde esa vez la relación fluyó naturalmente, tímidos paseos con conversaciones casuales, almuerzos en compañía de otros invitados, reuniones de amigos en común y mutuos intereses por territorios los fueron aunando cada día más.

Todavía muy fresco en su memoria el día que le declaró su amor eterno; un atardecer, ambos sentados en el amplio balcón de la Fortaleza costera cedida por el Visir Valuk, Corso le juró fidelidad por sobre todas las cosas que amó, ama u amará, con el fondo del infinitamente azul Al-Bahr al-Mutawasit, ese mismo que los cristianos bautizaron Mar Mediterráneo. Ese mismo día, ya por la noche, revisando la antigua biblioteca que ocupaba el ala norte de la fortaleza recordó nítidamente el viejo y polvoriento tomo de exquisita poesía árabe (misma que nunca logró entender), pero del cuál extrajo una pequeña frase que, aunque Violeta jamás se enteró, marcó su relación con ella de manera imperecedera, pues nunca encontró el Visir palabras tan exactas para definir cómo su prometida lo hacía sentir. Cada vez que pudo ensayó en secreto por semanas enteras para poder decirlas correctamente en sus votos. Sabía que ella entendería en la medida eterna de su amor, cuánto significaban esas simples palabras para Corso.

Ahora, aquél recuerdo le robaba una sonrisa mientras la joven Jeque Violeta se sentaba en la cama a su lado, acariciando su encrespado cabello al tiempo que hablaban casi susurrando, preservando la intimidad... sin querer romper el frágil momento o despertar de un posible sueño de felicidad. Contaba con 22 años recién cumplidos mientras que el Jeque llegaba a los 33 aún sin haberse comprometido. Era difícil cuando se tiene una vida completamente calculada pero el destino decide cambiarlo todo. La vida nunca ha sido fácil para nadie y aún menos cuando solo se puede vivir en paz por momentos tan fugaces como las estrellas que surcan el cielo de cuando en cuando.

Esa noche habrían de unirse en matrimonio; firmarían el contrato nupcial, el Imán recitaría las sagradas escrituras a la vista del público presente. El Walí y el Padrino pronunciarían unas palabras dedicadas a ellos… sólo luego podrían considerar que sus vidas seguirían como una sola, aunque ya lo hacían desde bastante antes; desde el momento mismo en que los hilos de su destino se entretejieron para volverse una robusta soga que nada, ni humano ni divino, podría romper.

El Visir la besó una vez más y luego, con sus ojos aún entrecerrados, la observó salir del dormitorio como se sale de un hermoso sueño... suspirando melancólicamente. Sin embargo, ambos tenían deberes diarios que atender además de celebraciones que preparar.

El vestíbulo del Palacio hervía de actividad; mensajeros de otras provincias entregando cartas que debería contestar y presentes que, más tarde, tendrían que recibir. Sirvientes corriendo de aquí para allá con manteles, bandejas, mesas, sillas y todo lo que se pudiera imaginar para adornar el impresionante salón que recibiría el festejo. Los novios no tenían pensado demasiado fasto, no era el momento para ello, la guerra recrudecía y sus compañeros de batalla, amigos entrañables en la mayoría de los casos, arriesgaban la vida a cada minuto en combate, pero al fin y al cabo, era una fiesta especial... una fiesta contra el reloj de arena... aunque nadie pensara demasiado en ello.
El sastre lo esperaba a las puertas de su despacho; un anciano venerable que le conocía desde que llegó a África y que conocía sus modestos gustos al dedillo, se apresuró por abrir el arcón conteniendo el traje que usaría aquella noche. Respetando los colores de su nación, kufiyya y thawb negras con mangas y el akal dorados. El Visir sonrió. Aquello era simple pero efectivo, la sencillez del atuendo lo complació. Jamás se hubiera sentido a gusto en esos aberrantes trajes de lujo que otros ansían usar. Sin embargo, el nudo en su interior crecía a medida que el momento llegaba.

Corría el atardecer cuando el mayordomo entró al despacho llamándolo por tercera vez, en su cara se notaba la urgencia... ya no podía dilatar más la espera y eso le comía los nervios. Debía apresurarse pese a que el barbero ya lo había dejado presentable un par de horas antes. El Visir agradeció no haber realizado el ritual diario de la merienda esa tarde, su estómago daba vueltas sin control. Se tomó unos últimos minutos para darse un baño antes de ponerse el impecable atuendo, mientras el mayordomo poco menos que gritaba desde el otro lado de la puerta. Apoyó la cabeza en la tina y quiso perderse en sus recuerdos una vez más, adormilarse y olvidar esos terribles nervios para siempre, pero apenas comenzado el viaje, la imagen de su amada llegó hasta él... nuevamente le susurraba, le pedía calma, le devolvía la cordura como sólo ella sabía hacerlo. Eso le devolvió la razón a Corso que terminó el baño lo más rápido que pudo, se vistió y salió al encuentro del enloquecido mayordomo que terminó de acomodarle la túnica y darle los retoques necesarios hasta que juzgó que el Visir estaba lo suficientemente presentable para partir. Marcharon hacia la salida, donde los camellos los llevarían con su parsimoniosa marcha hasta el lugar del acto.

Casi cerrada la noche, el novio y su pequeña comitiva llegaron hasta el alejado lugar donde celebraría su unión con Violeta. La Jeque aún no arribaba y Corso tuvo tiempo para saludar a los concurrentes que ya habían tomado su lugar en las sillas que habían instalado para la ocasión. Una larga alfombra blanca conducía al altar que, a la luz de las antorchas, brillaba también con el color de la pureza. El Imán, un viejo muy sabio de barba larguísima, hombre de pocas palabras pero muy amable, devolvió el saludo del Jeque que recién llegaba. Cerca del sagrado altar, el padrino, el noble diplomático inglés Kouran, había reservado un asiento para ambos ponerse al día mientras esperaban la caravana de Violeta. Su conversación era, como suele ser en él, despreocupada y optimista, una charla auténtica que realmente ayudó a Corso a lidiar con esos momentos interminables de tensión que estaba viviendo. Ni los horrores de la guerra pudieron apagar la chispa de este noble caballero. Terminó por confesar que, habiendo encontrado el amor, pronto se casaría también. Esto alegró al Visir sinceramente; nadie más que este leal hombre, merece conocer la felicidad.

Unos minutos más tarde, varios niños que correteaban por todos lados, hijos de algunos de los invitados... incansables seres que otorgan ruido y alegría a nuestro mundo, avisaron a gritos sobre la llegada de la caravana de la Jeque. Los camellos se toman su tiempo, mas las antorchas que portaban no dejaban dudas sobre su identidad.
Desde el altar pudo verla, estaba muy lejos pero jamás confundiría esa sonrisa, ese cabello... ese rostro ahora iluminado con la tenue pero ardiente luz de las antorchas. La ayudaron a bajar del camello y se tomó su tiempo para saludar a los presentes... iba del brazo del exultante Wali, el General Tizona, aliado, amigo y protector de Violeta desde hacía ya incontable tiempo. La marcha, como siempre en esos casos, se tornaba lenta, dando tiempo a los novios a paladear el momento, a degustar cada segundo para guardarlo, para atesorarlo en el rincón más preciado de sus corazones... para que, ni las arenas del tiempo, ni las tormentas que vendrían, pudieran borrarlos jamás... hasta que los corazones que latieron al unísono un día se apagaran.

Cuando ambos llegaron hasta el altar, el Walí besó la mejilla de la novia y le dio un abrazo al novio; Corso juraría luego de esa noche, que alcanzó a ver un atisbo de lágrimas de emoción en aquél recio rostro atezado por el sol y el combate. No podría esperar menos de un amigo sincero, leal y verdadero.
El contacto de la mano de la novia fue tan impactante como el contacto visual para el Visir; Violeta lucía realmente hermosa y los nervios del novio retornaron con fuerza, queriendo ganar la batalla, pero ella, sintiendo que algo no andaba bien, volvió a hablarle en tono susurrante, por sobre el alboroto de la muchedumbre y el Visir nuevamente volvió a ser él.
La ceremonia continuó; el Imán los sermoneó acerca de sus deberes, derechos y obligaciones, recitándoles frases del Corán y aconsejándolos sobre la vida en pareja. Fue un discurso bastante más largo del que se acostumbra, pero los novios en todo momento prestaron atención a la considerada prédica del sabio; nunca habrá mejor maestro que la experiencia y la novel pareja sabía eso.

Le tocó el turno a las palabras del padrino; fueron tan conmovedores que Violeta no pudo contener sus lágrimas mientras que Corso solo podía sonreír con ojos húmedos.

Para finalizar el acto, justo antes de partir nuevamente al Palacio donde sería la fiesta, los novios debían besarse. El Visir descorrió cuidadosamente el velo que cubría parcialmente el rostro de Violeta...sintió la mano de ella apretando levemente la suya y acercó sus labios a ella, cerrando sus ojos... luego los entreabrió, molesto; el sol casi llegaba hasta su rostro dejando al fresco de la sombra el resto de su cuerpo gracias a la peculiar forma en que se había dormido. Movió la cabeza a ambos lados para espabilar, tal vez no había sido el sol o el abrasador calor del mediodía sino el leve ruido de la puerta al abrirse y su posterior presencia femenina en sus aposentos... el suave aroma a orquídeas la delataba; el Visir sonrió al sentir la voz de su amada... esa noche sería perfecta y ahora lo sabía.

VIOLETA

La noche anterior al día que añoró durante tantas vidas, Violeta no durmió en sus aposentos. Recordando toda la sabiduría y experiencias de sus antepasadas, cabalgó hasta el refugio al lado oeste del Palacio. Refugio que sólo ella y su amado conocían, pero que tan sólo ella usaría esta noche.

Esta, era una noche de luna llena y, tal como en todas sus vidas fue, sería una velada de celebración de rituales. Esta vez su íntima celebración estaría dedicada a su más profundo sentir, a la bendición y agradecimiento de tanta dicha; a la preparación de su alma para vivir por fin en aquel lugar que siempre buscó. La búsqueda por fin había cesado. Tan sólo la caligrafía de las primeras palabras de un mensaje que Corso le envió; tan sólo el primer cruce de sus miradas bastaron para saberlo, para reconocerlo a pesar de las vidas de distancia. Definitivamente, había llegado a su hogar.

Bajo la luna llena y bañada por su luz, Violeta oró, danzó y cantó por algunas horas, con los pies descalzos enraizándose en la tierra y las manos alzadas hacia el universo. Luego, cayó en un profundo sueño, aún bañada en la plateada luz, completamente feliz. Al amanecer, empezaría el día en que, bajo todas las leyes, divinas y mundanas, se uniría en cuerpo y alma a Corso. Por fin se desposarían y firmarían el NIkah. Nada importan sus diez años de diferencia, si cuando están juntos se sienten más vivos que nunca.

Al amanecer, fresca y sonriente, se dirigió a sus aposentos, en donde sus damas la esperaban. Tomó un baño perfumado con pétalos de orquídeas, fue peinada y maquillada muy delicadamente, delineando y destacando sus ojos color miel, ya que serían los protagonistas tras el velo durante la ceremonia. Cerca del mediodía, y antes de vestir su túnica de bodas y contra toda insistencia de sus damas, corrió sigilosamente hacia los aposentos de su amado. Si su intuición no fallaba, sus piernas le estarían temblando de ansiedad. Cuidadosamente abrió la puerta y entró. Lo vio dormido cruzado en la cama, como solía ser cuando los nervios le ganaban. Se acercó y lo besó tiernamente, sonriéndose al verlo aún desorientado. Acariciándole el cabello y en un susurro le dice –Por fin ha llegado nuestro día, amor mío, el que tanto esperamos, ya no hay nada más de lo que debamos preocuparnos - Nota cómo Corso relaja su mirada y respira tranquilo, sonriéndole. Es él quien ahora toma su rostro y la besa suavemente; sus corazones laten con fuerza. Con una amplia sonrisa, Violeta se despide y rápidamente sale de la habitación a seguir preparándose para la ceremonia.

Una vez que ha vuelto a sus aposentos, se pone en manos de sus damas, quienes empiezan a vestirla. Si bien la tradición dicta el uso de varios vestidos durante la celebración, Violeta y Corso deseaban una celebración sencilla, sin grandes lujos, por lo que su único vestido sería una túnica púrpura y un velo que llega hasta el suelo y que luce delicados bordados que Violeta misma hizo. La túnica la conforman varias capas de distinto largo, con algunas leves decoraciones en hilos de plata; tan delicadas que no menguan la delicadeza de un ruedo amplio y vaporoso. Al moverse, Violeta pareciera flotar. Sus manos estarán decoradas por dos anillos terminados en pulsera; sus dedos tatuados con henna; sus pies por tobilleras, su frente con una fina cadena con un colgante plateado decorado con un tallado de un árbol de jacarandá, símbolo de sus orígenes. Por último, lucirá una delicada cadena de plata alrededor de su cintura, que nadie más que su esposo, podrá ver más tarde.

Mientras sus damas cumplían con su labor, Violeta no podía dejar de agradecer el haberse reencontrado también con dos grandes almas en esta vida. Por un lado, su gran amigo Kouran, amigo entrañable también de Corso, quien sin quizá saberlo es el gran responsable de esta presente unión. También Tizona, a quien siente parte de su familia, su protector, desde tiempos inmemoriales, y a quien ha pedido sea su Walli para que la entregue en el altar. Si bien hay otras almas muy queridas que no ha podido aún reencontrar en esta vida, como la de su adorado hermano de sangre, Violeta sabe que lo podrá hacer prontamente y podrá celebrar junto a ellas, tanto la nueva vida, como esta unión.

Perdidos sus pensamientos en todos ellos, es precisamente Tizona quien llega a buscarla para cumplir con su labor. Al verlo entrar, no puede evitar sentirse nerviosa al tiempo que feliz. – Violeta, ya no puedo esperaros más, vuestro camello ya está preparado… !no vaya a ser que Corso muera de nerviosismo al no veros llegar! -Él le sonríe cómplice y ella lo abraza y lo besa sonoramente en la mejilla dejándole una marca de sus labios pintados del mismo tono que el vestido. Ambos se ríen y se disponen a salir. Ya se acerca el ocaso y es hora de empezar la ceremonia.

Durante el trayecto va tomada del brazo de su Wali, mecidos por el bamboleo del andar de su camello. Violeta suspirando de emoción, ve pasar ante sus ojos todos aquellos momentos que fueron forjando el inmenso amor que siente por Corso. Comprende que cada vez que se encontraron en anteriores vidas, no fueron más que anuncios de este momento actual, en el que por fin ambas almas encontraron su lugar. Vidas que los forjaron como los que hoy son, dos almas antiguas que debían pasar por muchas experiencias y aprender tantas cosas antes de establecerse y fundirse en una sola. El universo no sabe de tiempos ni apuros, y ellos ya lo habían comprendido muy bien.

Llegando al lugar indicado, Violeta desciende del camello, ayudada por Tizona, habiendo ya divisado a Corso, ambos diciéndose tantas cosas con tan sólo una mirada. Pasan por su mente tantos momentos vividos en estos últimos tres años, desde su reencuentro. Interminables noches de alegre conversación; paseos por el mercado, Corso enseñándole algo de árabe, riendo ambos por sus intentos de correcta pronunciación; reuniones diplomáticas; atardeceres en silencio tan sólo disfrutando de la mutua compañía; varias discusiones que siempre terminaron en un beso…. Tantos recuerdos tan llenos de amor, que su pecho rebosa de dicha; dicha que va repartiendo al ir avanzando y saludando a cada invitado, demorando su marcha de pura emoción. Tizona es quien suavemente la toma del brazo y la guía hacia el altar, cumpliendo su cometido, emocionado también al sentir cómo Violeta tiembla sutilmente aunque sus pasos sean firmes.

En el altar, al lado del novio, está Kouran, el padrino de ambos, sonriente, susurrando chistes a Corso y comentándolo todo, en un intento de esconder el romanticismo que, los novios saben, él lleva en su corazón. Cuando la ve acercarse, Kouran da unos golpecitos en la espalda del novio y lanza un beso a la novia con una leve reverencia, compartiendo ambos un guiño cómplice como símbolo de tantas veladas y risas compartidas desde tiempos inmemoriales.

Llegan por fin al altar. Tizona besa a Violeta en la frente y abraza a Corso, deseándoles la mayor felicidad y una buena vida. Su voz, algo quebrada y tan sincera, refleja el profundo lazo que los une. Los novios por fin se toman de las manos, sonrientes, temblorosos, felices. Violeta se acerca y le susurra al oído – Por fin amor mío, ya nada más se puede interponer, somos una sola alma que vuelve hoy a estar completa – encontrando ella también la calma en la mirada de su amado.

La ceremonia comienza, por fin. El Imán pronuncia tan bellas y sabias palabras que los hace soñar con todo lo que vendrá. Son tiempos difíciles; probablemente la guerra dispondrá de sus vidas, mas ya no tienen temor; sea lo que sea, lo enfrentarán juntos. No es tan sólo esta vida en que se están uniendo, son todas las anteriores, así como las que vendrán. Sea hoy o en una reencarnación, sabrán ya el camino para buscarse y reencontrarse.

El Imán, con un gesto, solicita al Wali entregue oficialmente a la novia. Él se acerca un poco y tomando las manos de ambos, les da su bendición.
Llega el momento de los votos, aún con sus manos unidas, mirándose a los ojos. Es Corso quien inicia.

“La siguiente frase es lo más importante que puedo entregarte, porque es todo lo que significas para mí, porque es mi vida entera desde que te conocí; "Con la cálida sensación que otorga el perdón al alma, encontré en tu voz la calma".
Te amo Violeta y juro serte leal, respetarte y estar a tu lado en los buenos momentos y en los malos aún más. Juro entregarte mi vida para compartirla contigo hasta el final. Y juro que, si hay otra vida después, he de buscarte para amarte nuevamente”.


Es ahora el turno de Violeta.

“No existen palabras para describir lo que siento, más que decirte que eres el amor de mis vidas; aquella luz que me recordó lo que es estar viva y que el resto ha sido andar por el mundo recogiendo experiencias y aprendiendo, tan sólo preparándome para este camino que inicia ahora a tu lado. Lugar al que ya sabré volver cuando el mundo acabe y vuelva a comenzar.
Tanto te amo y te amaré, Corso, que hoy te entrego mi vida y hasta mi último aliento tan sólo por verte sonreír y ser feliz. Te juro mi lealtad y mi compañía no tan sólo para enfrentar las dificultades y serte refugio, sino también para cumplir todo lo que soñamos.”


Luego, es el padrino, Kouran, quien dedica algunas palabras a los novios.

“Mis queridos Corso y Violeta, me honra sobremanera estar hoy hablando en vuestra boda. Ambos sois mis preciados amigos, amables y cordiales, nobles y alegres. No hay nada más bello en el mundo que la unión de dos almas afines.
Hoy nos sentimos todos dichosos por presenciar un evento tan maravilloso y compartir la dicha con queridos amigos. No tengo la menor duda de que ambos forjaréis vuestra mutua felicidad día a día, con gestos y palabras que nacerán de vuestros nobles corazones. Pido a Dios que vuestros hijos tengan tan buena fortuna como sus padres.”


Llegan ya al final de la ceremonia. El corazón de Violeta no da más de felicidad al oír que el Imán le pide a Corso que la bese. Cierra los ojos hasta sentir que dulces labios de Corso se posan sobre los suyos, fundiéndose en un tierno y profundo beso, sellando tan sentida ceremonia. Mientras se besan, Violeta siente que todo parece un sueño, como una premonición de un amor eterno. Al abrir los ojos y separarse levemente de su amado, se da cuenta que siguen ahí – Tanto soñamos con este momento, esposo mío, pero ahora… ¡ahora es real ¡ – le dice mirándolo los ojos, para luego mirar y sonreírle a los amigos que han querido acompañarlos.
¡Que vivan los novios¡– exclama Kouran, como padrino de ambos, sellando el momento al provocar el aplauso y demostraciones de alegría de los invitados.

Era hora de partir hacia el Gran Salón del Castillo Almukhtar, donde las fiestas se celebrarían durante dos días, tal era la tradición de la Provincia del Visir. Los manjares y las exóticas bebidas no solo serían para privilegiar a los invitados, sino que también serían generosamente distribuidas distintas provisiones por las calles de la capital; nunca nadie quedaba fuera cuando se celebraba una boda entre nobles de tal magnitud, esa era una ley no escrita de la Provincia que se respetaba pasara quien pasara por el trono.
Bien entrada la noche, entre cánticos y carcajadas, la comitiva finalmente arribó al Castillo para desatar la locura de los presentes, que intentaban llegar hasta la pareja para saludar y desearles la mejor de las fortunas. En ese momento el recuerdo del Visir se desvió hacia sus camaradas dejando la vida en el frente. Solo Alá sabía que estaba dando todo lo que estaba a su alcance para frenar el avance y la amenaza que se cernía sobre el Reino como si del mortífero jamsin se tratara.

La Jeque, rápida de reflejos, hábilmente tomó el brazo de Corso para devolverlo al momento, para distraerlo por esa noche. Era el momento de ambos y no podían permitirse empañarlo, no con tanto por vivir en los meses que quedaban. El Visir entonces, asombrando a los concurrentes, subió al borde de la enorme mesa central y con un soberbio alarido ordenó que comenzara la música mientras de la mano ayudaba a subir a Violeta para desatar la celebración. Y ni siquiera el sol que asomaba pudo frenar la algarabía que reinaba en la Provincia. Como suele pasar en toda fiesta de este tipo, nadie supo en qué momento exacto de la noche el mayordomo abrió una de las pequeñas puertas laterales que daban al jardín e hizo subir a un camello a dos figuras que anónimamente dejaban el imponente Amukhtar... la luna de miel comenzaba y solo los dos viajantes secretos sabrían en qué recóndito punto del Reino iniciarían a escribir las páginas de un libro que era solo para ambos...
Con el corazón al aire... sigo mi camino


Het zoete licht van mijn nachten in mijn balkon

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Re: Boda Corso & Violeta (Antra)

Post by Guaranpis » Mon Jan 20, 2020 7:22 pm

Antra wrote:
Sat Jan 18, 2020 4:11 am
El salón es espacioso y muy acogedor. A pesar del radiante sol del desierto en el día, se mantiene bastante fresco y aireado. Desde los jardines hasta el altar, una alfombra blanca marca el camino que los novios habrán de caminar para celebrar su tan esperada unión. Y hacia el otro lado, un gran espacio tan simple y bellamente decorado que dan ganas de sumergirse en esos rincones en que se han acomodado butacas, mullidos cojines, mesas dispuestas con ricos manjares y frescos jugos que ayudarán a los invitados a sentirse en casa mientras llega el atardecer, hora en que la ceremonia habrá de empezar.
- Pasad pasad!- Os dice el mayordomo del Visir - Los novios aún no llegan. Poneros cómodos, comed y bebed, que el calor del desierto es aún agobiante. - ¡Seáis todos bienvenidos a disfrutar de esta ceremonia en que Mi Señor, el Visir Corso y la Jeque Violeta se unirán en matrimonio, para luego brindar con ellos y compartir sus saludos y deseos al final!



CORSO

El Visir entreabrió los ojos molesto; el sol casi llegaba hasta su rostro dejando al fresco de la sombra el resto de su cuerpo gracias a la peculiar forma en que se había dormido. Movió la cabeza a ambos lados para espabilar, tal vez no había sido el sol o el abrasador calor del mediodía sino el leve ruido de la puerta al abrirse y la posterior presencia femenina en sus aposentos... el suave aroma a orquídeas la delataba; el Visir se había acostumbrado tanto a ese particular y exquisito olor tanto que ya lo detectaba desde lejos.

La Jeque se aproximó hacia él besándolo con ternura; nadie más que ella podría entender las noches de obligados desvelos a los que a veces debían someterse en nombre de su amor pues, durante el día, era casi imposible coincidir dadas las obligaciones diarias a los que ambos se hallaban sometidos y verse a esas horas era casi como encontrar un oasis en medio del Sahara, por lo que el noble casi salta de alegría al notar su llegada.

Su amor había nacido hace mucho tiempo ya... incontables eras, vidas, mundos, no lo sabían, sin embargo, lo sintieron desde el primer día que se conocieron, desde el momento único que cruzaron miradas por primera vez. Desde esa vez la relación fluyó naturalmente, tímidos paseos con conversaciones casuales, almuerzos en compañía de otros invitados, reuniones de amigos en común y mutuos intereses por territorios los fueron aunando cada día más.

Todavía muy fresco en su memoria el día que le declaró su amor eterno; un atardecer, ambos sentados en el amplio balcón de la Fortaleza costera cedida por el Visir Valuk, Corso le juró fidelidad por sobre todas las cosas que amó, ama u amará, con el fondo del infinitamente azul Al-Bahr al-Mutawasit, ese mismo que los cristianos bautizaron Mar Mediterráneo. Ese mismo día, ya por la noche, revisando la antigua biblioteca que ocupaba el ala norte de la fortaleza recordó nítidamente el viejo y polvoriento tomo de exquisita poesía árabe (misma que nunca logró entender), pero del cuál extrajo una pequeña frase que, aunque Violeta jamás se enteró, marcó su relación con ella de manera imperecedera, pues nunca encontró el Visir palabras tan exactas para definir cómo su prometida lo hacía sentir. Cada vez que pudo ensayó en secreto por semanas enteras para poder decirlas correctamente en sus votos. Sabía que ella entendería en la medida eterna de su amor, cuánto significaban esas simples palabras para Corso.

Ahora, aquél recuerdo le robaba una sonrisa mientras la joven Jeque Violeta se sentaba en la cama a su lado, acariciando su encrespado cabello al tiempo que hablaban casi susurrando, preservando la intimidad... sin querer romper el frágil momento o despertar de un posible sueño de felicidad. Contaba con 22 años recién cumplidos mientras que el Jeque llegaba a los 33 aún sin haberse comprometido. Era difícil cuando se tiene una vida completamente calculada pero el destino decide cambiarlo todo. La vida nunca ha sido fácil para nadie y aún menos cuando solo se puede vivir en paz por momentos tan fugaces como las estrellas que surcan el cielo de cuando en cuando.

Esa noche habrían de unirse en matrimonio; firmarían el contrato nupcial, el Imán recitaría las sagradas escrituras a la vista del público presente. El Walí y el Padrino pronunciarían unas palabras dedicadas a ellos… sólo luego podrían considerar que sus vidas seguirían como una sola, aunque ya lo hacían desde bastante antes; desde el momento mismo en que los hilos de su destino se entretejieron para volverse una robusta soga que nada, ni humano ni divino, podría romper.

El Visir la besó una vez más y luego, con sus ojos aún entrecerrados, la observó salir del dormitorio como se sale de un hermoso sueño... suspirando melancólicamente. Sin embargo, ambos tenían deberes diarios que atender además de celebraciones que preparar.

El vestíbulo del Palacio hervía de actividad; mensajeros de otras provincias entregando cartas que debería contestar y presentes que, más tarde, tendrían que recibir. Sirvientes corriendo de aquí para allá con manteles, bandejas, mesas, sillas y todo lo que se pudiera imaginar para adornar el impresionante salón que recibiría el festejo. Los novios no tenían pensado demasiado fasto, no era el momento para ello, la guerra recrudecía y sus compañeros de batalla, amigos entrañables en la mayoría de los casos, arriesgaban la vida a cada minuto en combate, pero al fin y al cabo, era una fiesta especial... una fiesta contra el reloj de arena... aunque nadie pensara demasiado en ello.
El sastre lo esperaba a las puertas de su despacho; un anciano venerable que le conocía desde que llegó a África y que conocía sus modestos gustos al dedillo, se apresuró por abrir el arcón conteniendo el traje que usaría aquella noche. Respetando los colores de su nación, kufiyya y thawb negras con mangas y el akal dorados. El Visir sonrió. Aquello era simple pero efectivo, la sencillez del atuendo lo complació. Jamás se hubiera sentido a gusto en esos aberrantes trajes de lujo que otros ansían usar. Sin embargo, el nudo en su interior crecía a medida que el momento llegaba.

Corría el atardecer cuando el mayordomo entró al despacho llamándolo por tercera vez, en su cara se notaba la urgencia... ya no podía dilatar más la espera y eso le comía los nervios. Debía apresurarse pese a que el barbero ya lo había dejado presentable un par de horas antes. El Visir agradeció no haber realizado el ritual diario de la merienda esa tarde, su estómago daba vueltas sin control. Se tomó unos últimos minutos para darse un baño antes de ponerse el impecable atuendo, mientras el mayordomo poco menos que gritaba desde el otro lado de la puerta. Apoyó la cabeza en la tina y quiso perderse en sus recuerdos una vez más, adormilarse y olvidar esos terribles nervios para siempre, pero apenas comenzado el viaje, la imagen de su amada llegó hasta él... nuevamente le susurraba, le pedía calma, le devolvía la cordura como sólo ella sabía hacerlo. Eso le devolvió la razón a Corso que terminó el baño lo más rápido que pudo, se vistió y salió al encuentro del enloquecido mayordomo que terminó de acomodarle la túnica y darle los retoques necesarios hasta que juzgó que el Visir estaba lo suficientemente presentable para partir. Marcharon hacia la salida, donde los camellos los llevarían con su parsimoniosa marcha hasta el lugar del acto.

Casi cerrada la noche, el novio y su pequeña comitiva llegaron hasta el alejado lugar donde celebraría su unión con Violeta. La Jeque aún no arribaba y Corso tuvo tiempo para saludar a los concurrentes que ya habían tomado su lugar en las sillas que habían instalado para la ocasión. Una larga alfombra blanca conducía al altar que, a la luz de las antorchas, brillaba también con el color de la pureza. El Imán, un viejo muy sabio de barba larguísima, hombre de pocas palabras pero muy amable, devolvió el saludo del Jeque que recién llegaba. Cerca del sagrado altar, el padrino, el noble diplomático inglés Kouran, había reservado un asiento para ambos ponerse al día mientras esperaban la caravana de Violeta. Su conversación era, como suele ser en él, despreocupada y optimista, una charla auténtica que realmente ayudó a Corso a lidiar con esos momentos interminables de tensión que estaba viviendo. Ni los horrores de la guerra pudieron apagar la chispa de este noble caballero. Terminó por confesar que, habiendo encontrado el amor, pronto se casaría también. Esto alegró al Visir sinceramente; nadie más que este leal hombre, merece conocer la felicidad.

Unos minutos más tarde, varios niños que correteaban por todos lados, hijos de algunos de los invitados... incansables seres que otorgan ruido y alegría a nuestro mundo, avisaron a gritos sobre la llegada de la caravana de la Jeque. Los camellos se toman su tiempo, mas las antorchas que portaban no dejaban dudas sobre su identidad.
Desde el altar pudo verla, estaba muy lejos pero jamás confundiría esa sonrisa, ese cabello... ese rostro ahora iluminado con la tenue pero ardiente luz de las antorchas. La ayudaron a bajar del camello y se tomó su tiempo para saludar a los presentes... iba del brazo del exultante Wali, el General Tizona, aliado, amigo y protector de Violeta desde hacía ya incontable tiempo. La marcha, como siempre en esos casos, se tornaba lenta, dando tiempo a los novios a paladear el momento, a degustar cada segundo para guardarlo, para atesorarlo en el rincón más preciado de sus corazones... para que, ni las arenas del tiempo, ni las tormentas que vendrían, pudieran borrarlos jamás... hasta que los corazones que latieron al unísono un día se apagaran.

Cuando ambos llegaron hasta el altar, el Walí besó la mejilla de la novia y le dio un abrazo al novio; Corso juraría luego de esa noche, que alcanzó a ver un atisbo de lágrimas de emoción en aquél recio rostro atezado por el sol y el combate. No podría esperar menos de un amigo sincero, leal y verdadero.
El contacto de la mano de la novia fue tan impactante como el contacto visual para el Visir; Violeta lucía realmente hermosa y los nervios del novio retornaron con fuerza, queriendo ganar la batalla, pero ella, sintiendo que algo no andaba bien, volvió a hablarle en tono susurrante, por sobre el alboroto de la muchedumbre y el Visir nuevamente volvió a ser él.
La ceremonia continuó; el Imán los sermoneó acerca de sus deberes, derechos y obligaciones, recitándoles frases del Corán y aconsejándolos sobre la vida en pareja. Fue un discurso bastante más largo del que se acostumbra, pero los novios en todo momento prestaron atención a la considerada prédica del sabio; nunca habrá mejor maestro que la experiencia y la novel pareja sabía eso.

Le tocó el turno a las palabras del padrino; fueron tan conmovedores que Violeta no pudo contener sus lágrimas mientras que Corso solo podía sonreír con ojos húmedos.

Para finalizar el acto, justo antes de partir nuevamente al Palacio donde sería la fiesta, los novios debían besarse. El Visir descorrió cuidadosamente el velo que cubría parcialmente el rostro de Violeta...sintió la mano de ella apretando levemente la suya y acercó sus labios a ella, cerrando sus ojos... luego los entreabrió, molesto; el sol casi llegaba hasta su rostro dejando al fresco de la sombra el resto de su cuerpo gracias a la peculiar forma en que se había dormido. Movió la cabeza a ambos lados para espabilar, tal vez no había sido el sol o el abrasador calor del mediodía sino el leve ruido de la puerta al abrirse y su posterior presencia femenina en sus aposentos... el suave aroma a orquídeas la delataba; el Visir sonrió al sentir la voz de su amada... esa noche sería perfecta y ahora lo sabía.

VIOLETA

La noche anterior al día que añoró durante tantas vidas, Violeta no durmió en sus aposentos. Recordando toda la sabiduría y experiencias de sus antepasadas, cabalgó hasta el refugio al lado oeste del Palacio. Refugio que sólo ella y su amado conocían, pero que tan sólo ella usaría esta noche.

Esta, era una noche de luna llena y, tal como en todas sus vidas fue, sería una velada de celebración de rituales. Esta vez su íntima celebración estaría dedicada a su más profundo sentir, a la bendición y agradecimiento de tanta dicha; a la preparación de su alma para vivir por fin en aquel lugar que siempre buscó. La búsqueda por fin había cesado. Tan sólo la caligrafía de las primeras palabras de un mensaje que Corso le envió; tan sólo el primer cruce de sus miradas bastaron para saberlo, para reconocerlo a pesar de las vidas de distancia. Definitivamente, había llegado a su hogar.

Bajo la luna llena y bañada por su luz, Violeta oró, danzó y cantó por algunas horas, con los pies descalzos enraizándose en la tierra y las manos alzadas hacia el universo. Luego, cayó en un profundo sueño, aún bañada en la plateada luz, completamente feliz. Al amanecer, empezaría el día en que, bajo todas las leyes, divinas y mundanas, se uniría en cuerpo y alma a Corso. Por fin se desposarían y firmarían el NIkah. Nada importan sus diez años de diferencia, si cuando están juntos se sienten más vivos que nunca.

Al amanecer, fresca y sonriente, se dirigió a sus aposentos, en donde sus damas la esperaban. Tomó un baño perfumado con pétalos de orquídeas, fue peinada y maquillada muy delicadamente, delineando y destacando sus ojos color miel, ya que serían los protagonistas tras el velo durante la ceremonia. Cerca del mediodía, y antes de vestir su túnica de bodas y contra toda insistencia de sus damas, corrió sigilosamente hacia los aposentos de su amado. Si su intuición no fallaba, sus piernas le estarían temblando de ansiedad. Cuidadosamente abrió la puerta y entró. Lo vio dormido cruzado en la cama, como solía ser cuando los nervios le ganaban. Se acercó y lo besó tiernamente, sonriéndose al verlo aún desorientado. Acariciándole el cabello y en un susurro le dice –Por fin ha llegado nuestro día, amor mío, el que tanto esperamos, ya no hay nada más de lo que debamos preocuparnos - Nota cómo Corso relaja su mirada y respira tranquilo, sonriéndole. Es él quien ahora toma su rostro y la besa suavemente; sus corazones laten con fuerza. Con una amplia sonrisa, Violeta se despide y rápidamente sale de la habitación a seguir preparándose para la ceremonia.

Una vez que ha vuelto a sus aposentos, se pone en manos de sus damas, quienes empiezan a vestirla. Si bien la tradición dicta el uso de varios vestidos durante la celebración, Violeta y Corso deseaban una celebración sencilla, sin grandes lujos, por lo que su único vestido sería una túnica púrpura y un velo que llega hasta el suelo y que luce delicados bordados que Violeta misma hizo. La túnica la conforman varias capas de distinto largo, con algunas leves decoraciones en hilos de plata; tan delicadas que no menguan la delicadeza de un ruedo amplio y vaporoso. Al moverse, Violeta pareciera flotar. Sus manos estarán decoradas por dos anillos terminados en pulsera; sus dedos tatuados con henna; sus pies por tobilleras, su frente con una fina cadena con un colgante plateado decorado con un tallado de un árbol de jacarandá, símbolo de sus orígenes. Por último, lucirá una delicada cadena de plata alrededor de su cintura, que nadie más que su esposo, podrá ver más tarde.

Mientras sus damas cumplían con su labor, Violeta no podía dejar de agradecer el haberse reencontrado también con dos grandes almas en esta vida. Por un lado, su gran amigo Kouran, amigo entrañable también de Corso, quien sin quizá saberlo es el gran responsable de esta presente unión. También Tizona, a quien siente parte de su familia, su protector, desde tiempos inmemoriales, y a quien ha pedido sea su Walli para que la entregue en el altar. Si bien hay otras almas muy queridas que no ha podido aún reencontrar en esta vida, como la de su adorado hermano de sangre, Violeta sabe que lo podrá hacer prontamente y podrá celebrar junto a ellas, tanto la nueva vida, como esta unión.

Perdidos sus pensamientos en todos ellos, es precisamente Tizona quien llega a buscarla para cumplir con su labor. Al verlo entrar, no puede evitar sentirse nerviosa al tiempo que feliz. – Violeta, ya no puedo esperaros más, vuestro camello ya está preparado… !no vaya a ser que Corso muera de nerviosismo al no veros llegar! -Él le sonríe cómplice y ella lo abraza y lo besa sonoramente en la mejilla dejándole una marca de sus labios pintados del mismo tono que el vestido. Ambos se ríen y se disponen a salir. Ya se acerca el ocaso y es hora de empezar la ceremonia.

Durante el trayecto va tomada del brazo de su Wali, mecidos por el bamboleo del andar de su camello. Violeta suspirando de emoción, ve pasar ante sus ojos todos aquellos momentos que fueron forjando el inmenso amor que siente por Corso. Comprende que cada vez que se encontraron en anteriores vidas, no fueron más que anuncios de este momento actual, en el que por fin ambas almas encontraron su lugar. Vidas que los forjaron como los que hoy son, dos almas antiguas que debían pasar por muchas experiencias y aprender tantas cosas antes de establecerse y fundirse en una sola. El universo no sabe de tiempos ni apuros, y ellos ya lo habían comprendido muy bien.

Llegando al lugar indicado, Violeta desciende del camello, ayudada por Tizona, habiendo ya divisado a Corso, ambos diciéndose tantas cosas con tan sólo una mirada. Pasan por su mente tantos momentos vividos en estos últimos tres años, desde su reencuentro. Interminables noches de alegre conversación; paseos por el mercado, Corso enseñándole algo de árabe, riendo ambos por sus intentos de correcta pronunciación; reuniones diplomáticas; atardeceres en silencio tan sólo disfrutando de la mutua compañía; varias discusiones que siempre terminaron en un beso…. Tantos recuerdos tan llenos de amor, que su pecho rebosa de dicha; dicha que va repartiendo al ir avanzando y saludando a cada invitado, demorando su marcha de pura emoción. Tizona es quien suavemente la toma del brazo y la guía hacia el altar, cumpliendo su cometido, emocionado también al sentir cómo Violeta tiembla sutilmente aunque sus pasos sean firmes.

En el altar, al lado del novio, está Kouran, el padrino de ambos, sonriente, susurrando chistes a Corso y comentándolo todo, en un intento de esconder el romanticismo que, los novios saben, él lleva en su corazón. Cuando la ve acercarse, Kouran da unos golpecitos en la espalda del novio y lanza un beso a la novia con una leve reverencia, compartiendo ambos un guiño cómplice como símbolo de tantas veladas y risas compartidas desde tiempos inmemoriales.

Llegan por fin al altar. Tizona besa a Violeta en la frente y abraza a Corso, deseándoles la mayor felicidad y una buena vida. Su voz, algo quebrada y tan sincera, refleja el profundo lazo que los une. Los novios por fin se toman de las manos, sonrientes, temblorosos, felices. Violeta se acerca y le susurra al oído – Por fin amor mío, ya nada más se puede interponer, somos una sola alma que vuelve hoy a estar completa – encontrando ella también la calma en la mirada de su amado.

La ceremonia comienza, por fin. El Imán pronuncia tan bellas y sabias palabras que los hace soñar con todo lo que vendrá. Son tiempos difíciles; probablemente la guerra dispondrá de sus vidas, mas ya no tienen temor; sea lo que sea, lo enfrentarán juntos. No es tan sólo esta vida en que se están uniendo, son todas las anteriores, así como las que vendrán. Sea hoy o en una reencarnación, sabrán ya el camino para buscarse y reencontrarse.

El Imán, con un gesto, solicita al Wali entregue oficialmente a la novia. Él se acerca un poco y tomando las manos de ambos, les da su bendición.
Llega el momento de los votos, aún con sus manos unidas, mirándose a los ojos. Es Corso quien inicia.

“La siguiente frase es lo más importante que puedo entregarte, porque es todo lo que significas para mí, porque es mi vida entera desde que te conocí; "Con la cálida sensación que otorga el perdón al alma, encontré en tu voz la calma".
Te amo Violeta y juro serte leal, respetarte y estar a tu lado en los buenos momentos y en los malos aún más. Juro entregarte mi vida para compartirla contigo hasta el final. Y juro que, si hay otra vida después, he de buscarte para amarte nuevamente”.


Es ahora el turno de Violeta.

“No existen palabras para describir lo que siento, más que decirte que eres el amor de mis vidas; aquella luz que me recordó lo que es estar viva y que el resto ha sido andar por el mundo recogiendo experiencias y aprendiendo, tan sólo preparándome para este camino que inicia ahora a tu lado. Lugar al que ya sabré volver cuando el mundo acabe y vuelva a comenzar.
Tanto te amo y te amaré, Corso, que hoy te entrego mi vida y hasta mi último aliento tan sólo por verte sonreír y ser feliz. Te juro mi lealtad y mi compañía no tan sólo para enfrentar las dificultades y serte refugio, sino también para cumplir todo lo que soñamos.”


Luego, es el padrino, Kouran, quien dedica algunas palabras a los novios.

“Mis queridos Corso y Violeta, me honra sobremanera estar hoy hablando en vuestra boda. Ambos sois mis preciados amigos, amables y cordiales, nobles y alegres. No hay nada más bello en el mundo que la unión de dos almas afines.
Hoy nos sentimos todos dichosos por presenciar un evento tan maravilloso y compartir la dicha con queridos amigos. No tengo la menor duda de que ambos forjaréis vuestra mutua felicidad día a día, con gestos y palabras que nacerán de vuestros nobles corazones. Pido a Dios que vuestros hijos tengan tan buena fortuna como sus padres.”


Llegan ya al final de la ceremonia. El corazón de Violeta no da más de felicidad al oír que el Imán le pide a Corso que la bese. Cierra los ojos hasta sentir que dulces labios de Corso se posan sobre los suyos, fundiéndose en un tierno y profundo beso, sellando tan sentida ceremonia. Mientras se besan, Violeta siente que todo parece un sueño, como una premonición de un amor eterno. Al abrir los ojos y separarse levemente de su amado, se da cuenta que siguen ahí – Tanto soñamos con este momento, esposo mío, pero ahora… ¡ahora es real ¡ – le dice mirándolo los ojos, para luego mirar y sonreírle a los amigos que han querido acompañarlos.
¡Que vivan los novios¡– exclama Kouran, como padrino de ambos, sellando el momento al provocar el aplauso y demostraciones de alegría de los invitados.

Era hora de partir hacia el Gran Salón del Castillo Almukhtar, donde las fiestas se celebrarían durante dos días, tal era la tradición de la Provincia del Visir. Los manjares y las exóticas bebidas no solo serían para privilegiar a los invitados, sino que también serían generosamente distribuidas distintas provisiones por las calles de la capital; nunca nadie quedaba fuera cuando se celebraba una boda entre nobles de tal magnitud, esa era una ley no escrita de la Provincia que se respetaba pasara quien pasara por el trono.
Bien entrada la noche, entre cánticos y carcajadas, la comitiva finalmente arribó al Castillo para desatar la locura de los presentes, que intentaban llegar hasta la pareja para saludar y desearles la mejor de las fortunas. En ese momento el recuerdo del Visir se desvió hacia sus camaradas dejando la vida en el frente. Solo Alá sabía que estaba dando todo lo que estaba a su alcance para frenar el avance y la amenaza que se cernía sobre el Reino como si del mortífero jamsin se tratara.

La Jeque, rápida de reflejos, hábilmente tomó el brazo de Corso para devolverlo al momento, para distraerlo por esa noche. Era el momento de ambos y no podían permitirse empañarlo, no con tanto por vivir en los meses que quedaban. El Visir entonces, asombrando a los concurrentes, subió al borde de la enorme mesa central y con un soberbio alarido ordenó que comenzara la música mientras de la mano ayudaba a subir a Violeta para desatar la celebración. Y ni siquiera el sol que asomaba pudo frenar la algarabía que reinaba en la Provincia. Como suele pasar en toda fiesta de este tipo, nadie supo en qué momento exacto de la noche el mayordomo abrió una de las pequeñas puertas laterales que daban al jardín e hizo subir a un camello a dos figuras que anónimamente dejaban el imponente Amukhtar... la luna de miel comenzaba y solo los dos viajantes secretos sabrían en qué recóndito punto del Reino iniciarían a escribir las páginas de un libro que era solo para ambos...
Enhorabuena a ambos personajes por el enlace, prometo tener listos los enlaces matrimoniales programados para la próxima pero me alegra ver que no es impidemento para que podáis rolearlos.

Fileas_Von_Friedhof
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Re: Boda Corso & Violeta (Antra)

Post by Fileas_Von_Friedhof » Mon Jan 20, 2020 8:48 pm

Guaranpis wrote:
Mon Jan 20, 2020 7:22 pm
Enhorabuena a ambos personajes por el enlace, prometo tener listos los enlaces matrimoniales programados para la próxima pero me alegra ver que no es impidemento para que podáis rolearlos.
Siempre pensando en lo que a nadie le importa.

El dormitorio, con su respectiva subida de moral, y calificación al otro día de que tan satisfactorio fuiste o ......

Fileas_Von_Friedhof
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Re: Boda Corso & Violeta (Antra)

Post by Fileas_Von_Friedhof » Mon Jan 20, 2020 8:49 pm

Fileas_Von_Friedhof wrote:
Mon Jan 20, 2020 8:48 pm
Guaranpis wrote:
Mon Jan 20, 2020 7:22 pm
Enhorabuena a ambos personajes por el enlace, prometo tener listos los enlaces matrimoniales programados para la próxima pero me alegra ver que no es impidemento para que podáis rolearlos.
Siempre pensando en lo que a nadie le importa.

El dormitorio Guaran, con su respectiva subida de moral, y calificación al otro día de que tan satisfactorio fuiste o ......
Last edited by Fileas_Von_Friedhof on Tue Jan 21, 2020 3:41 am, edited 1 time in total.

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Re: Boda Corso & Violeta (Antra)

Post by Corso » Tue Jan 21, 2020 2:35 am

Gracias Guaranpis :D recuerdo que los casamientos eran una medida que, aunque no todos, muchos personajes agradecían... y no dudo que ahora pase lo mismo.
Fileas no seas amargo, hombre, recuerda que estás en una boda. Igual gracias por pasarte aunque no sea más que para gritar desde la puerta :mrgreen:
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Re: Boda Corso & Violeta (Antra)

Post by Atenodoro » Tue Jan 21, 2020 4:05 pm

Corso wrote:
Tue Jan 21, 2020 2:35 am
Gracias Guaranpis :D recuerdo que los casamientos eran una medida que, aunque no todos, muchos personajes agradecían... y no dudo que ahora pase lo mismo.
Fileas no seas amargo, hombre, recuerda que estás en una boda. Igual gracias por pasarte aunque no sea más que para gritar desde la puerta :mrgreen:
Yo también grito. Lo había leído y no quería estropear si alguien añadía algo.

Enhorabuena y excelente texto.
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Re: Boda Corso & Violeta (Antra)

Post by Cagraupa » Tue Jan 21, 2020 5:59 pm

Enhorabuena por la boda.... Pero y la despedida? :lol:

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Re: Boda Corso & Violeta (Antra)

Post by Antra » Tue Jan 21, 2020 7:44 pm

Cagraupa wrote:
Tue Jan 21, 2020 5:59 pm
Enhorabuena por la boda.... Pero y la despedida? :lol:
Esa tenia que organizarla el padrino!!
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Re: Boda Corso & Violeta (Antra)

Post by Antra » Tue Jan 21, 2020 7:45 pm

Atenodoro wrote:
Tue Jan 21, 2020 4:05 pm


Yo también grito. Lo había leído y no quería estropear si alguien añadía algo.

Enhorabuena y excelente texto.
Gracias!! Una jarra de cerveza?
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Re: Boda Corso & Violeta (Antra)

Post by Atenodoro » Tue Jan 21, 2020 7:59 pm

Por supuesto. Si no se bebe ¿qué gracia tienen las bodas?
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Re: Boda Corso & Violeta (Antra)

Post by Antra » Wed Jan 22, 2020 12:49 am

Atenodoro wrote:
Tue Jan 21, 2020 7:59 pm
Por supuesto. Si no se bebe ¿qué gracia tienen las bodas?
A vuestra salud, Atenodoro! chin chin
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EL FINAL - Corso & Violeta (Antra)

Post by Antra » Fri Jan 24, 2020 1:41 am

Pasados unos meses, en que la preocupación pudo más que cualquier palabra; en que la algarabía de la boda dejó paso a la introspección y el ímpetu de los inicios se transformaba en quietud, Violeta recorría sus tierras, dejando todo en orden, hablando con su gente, repartiendo buenos deseos y agradecimientos, bendiciendo lo obtenido t calmando incluso su propio espíritu.
La guerra incluso había cesado ya, las espadas ya no silbaban ni los vítores hacían eco. Era un tiempo de quietud, nostalgia y por qué no decirlo también, de esperanza. Era momento de bendecir y soltar.

De vuelta hacia la Fortaleza, pasó por el Refugio, símil de aquel antiquísimo Jardín de la Cascada que alguna vez fue lugar de magia y encuentro con quienes compartía su alma. Allí se despojó de todo miedo, toda duda y todo aquello que ya no sería necesario en la nueva vida. Tan sólo un objeto sería el que llevara contenido todo lo que en esta vida había valido la pena, y por lo que había vivido tantas. Labró cuidadosamente un talismán rúnico, depositando en él todo el amor que sentía ahora. Talismán que serviría de luz, cual faro frente al mar, para guiar sus almas al reencuentro. Luego, lo dividió en dos partes iguales y les puso una fina cadena a cada uno. Los guardó en una pequeña bolsa de piel colgada al cinto y partió rauda, retomando su camino a la Fortaleza.


Aún brillaba alto el sol en el cielo sobre el desierto, mas no había más tiempo que perder. Cabalgó desde el lado oeste hasta llegar a las enormes puertas que marcaban la entrada a aquel lugar en donde había sido y seguía siendo tan inmensamente feliz toda esta Era. Le dejó el caballo al Mayordomo, a quien dio un cálido abrazo de despedida antes de pedirle que fuera ya con su familia.
Presurosa subió las escalinatas hasta llegar a los aposentos de su amado. Allí, en el balcón estaba Corso, silente, observando el horizonte, aquel mundo que los vio renacer y pasar tantas aventuras y peripecias hasta llegar, hoy, al último ocaso. Se acomodaron ambos, tal como el primer día, en esos mullidos cojines que les permitían sentarse abrazados. Él rodeándola con sus brazos, ella apoyada en él; tal como estaban cuando se juraron amor eterno y decidieron desposarse.


Violeta abre la pequeña bolsa de piel que cuelga de su cintura, y saca los talismanes. Cuelga el primero en el cuello de Corso, luego él hace lo mismo con el de ella. – Para no perdernos, amor mío – le susurra Violeta. Ambos ya con sus talismanes puestos se sonríen y se besan tiernamente. No hay mucho más que decir.


Así, abrazados y silentes, contemplan el paisaje, esperando el ocaso, el último de esta Era.
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